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Sin lugar a dudas, estamos acostumbrados al cine de Hollywood. Y no es porque las películas que allí se producen sean mejores que las otras. Como la mayoría de las cosas en la vida, es cuestión de dinero. Lo que allí se produce, viene investido por un manto de publicidad y mercadeo que para el resto de los cineastas -incluyéndome- es una barrera casi infranqueable.

Cada día más, quizás por la globalización, quizás por la simple evolución de la cultura, el cine independiente (y llamo cine independiente a todo lo que no sea producido por uno de los grandes estudios norteamericanos, aunque el término no sea acertado en su totalidad, pero me permito la licencia) se abre paso y se atreve a desafiar a los endiosados gigantes.

Es el caso de Ocho apellidos vascos, una película del madrileño Emilio Martínez-Lázaro(1945), curtido director que ya cuenta con un Oso de Oro en Berlín y varios Goyas, por lo que no es la primera vez que saborea el éxito con su trabajo. Ocho apellidos vascos se convirtió de la noche a la mañana en un super exitazo en las taquillas, transformándose en la película española más taquillera de la historia, llegando casi a los 7 millones de espectadores solo en el continente europeo.

Todo se alineó para que esta comedia romántica, que sigue la fórmula bien conocida del género, destacase y se disparara en las taquillas. El género “comedia romántica”, aunque no es considerado como tal por los puristas de la apreciación cinematográfica, se aplica a toda aquella película que no pueda ser insertada en ningún otro. Uno de los lineamientos del cine es que todo film debe tener algo de romance (lo que mueve mucho a las masas) y algo de humor, permitiendo que casi cualquier película que no se incline hacia otros derroteros (acción, drama, terror, etc.) sea catalogada como comedia romántica.

En el caso de Ocho apellidos vascos, el componente de comedia es brillante. Antes de analizar este punto en profundidad veamos un poco de que va la peli.

Sinopsis y trailer de Ocho apellidos vascos

Rafa (Dani Rovira) , un sevillano que nunca ha salido de Andalucía, decide abandonar su tierra natal para seguir a Amaia (Clara Lago), una joven vasca que a diferencia de otras mujeres que ha conocido se resiste a sus técnicas de seducción. Para ello, y en contra de los consejos de sus amigos, decide viajar al pueblo de su pretendida, Argoitia, en el corazón abertzale del País Vasco. Una serie de circunstancias llevarán al joven sevillano a tener que hacerse pasar por un auténtico vasco con ocho apellidos, e ir enredándose cada vez más en el personaje para lograr sus propósitos.

Análisis de Ocho apellidos vascos

Como les adelanté, en mi opinión, es el componente de comedia en Ocho apellidos vascos, exacerbado hasta el punto de la sátira, lo que confiere a esta película su calidad y la que permite a su director hacernos navegar su trama con una sonrisa en la boca durante prácticamente los 98 minutos de su desarrollo. El guión, escrito brillantemente por Borja Cobeaga y Diego San José, no tiene desperdicio. Y es que más que una sucesión de situaciones graciosas, la forma como se desarrolla el conflicto es presentada de una manera impoluta, contada a través de situaciones que van llevando a los actores hacia un climax donde el componente jocoso jamás pierde fuerza.

Por un lado, los personajes son construidos con mucha fuerza, dibujados de una forma totalmente creíble, que permite al espectador identificarse con sus arquetipos con mucha facilidad. Sin embargo, es la sólida actuación que brindan los actores, desde el debutante Dani Rovira, quien se roba el show, sobre todo si consideramos que se encuentra al lado de colegas muy experimentados, como Clara Lago, Carmen Machi (Merche) y Karra Elejalde (Koldo) lo que permite al director lucirse en su ejecución.

La premisa de Ocho apellidos vascos ya prometía, pero fue manejada con pulso, satirizando los provincianismos y las diferencias de identidad de dos culturas que chocan. Pero yendo un poco más allá, se maneja con inteligencia el tema del amor universal -que contribuye al buen sabor en la boca que nos deja la película- mostrando que es capaz de superar cualquier barrera, lo que, en mi opinión, abre un camino para aquellos que quieren ver un poco más allá de la comicidad implícita en la obra.

Lo que más me llama la atención es que Ocho apellidos vascos, en vez de perfilarse como una película regional, dedicada a los españoles y a los vascos, es contada desde una perspectiva que permite a todos los espectadores comprender el entorno y sumergirse en la trama. Esto no es algo fácil de lograr, más aún cuando el tema está tan definido por las particularidades culturales. Es algo que aplaudo, ya que permite al mundo explorar y entender un poco estas diferencias.

En cuanto a la producción, sin muchas pretensiones, se logra crear el ambiente necesario. Hay que entender que no se trata de una superproducción, sin embargo la cinematografía es buena, al igual que la fotografía. De nuevo, no hay desperdicios ni planos complicados. La historia de Ocho apellidos vascos se cuenta de una forma limpia, lineal, pero muy efectiva.

Ocho apellidos vascos es una película que ha satisfecho mis expectativas, incluso las ha superado. Lo único que a mi parecer faltó fue una banda sonora más profunda. Aunque en momentos es muy buena, hay otros en que algunas piezas tratan de inducir comicidad (recurso usado para forzar risas donde no las hay), siendo una lástima ya que los actores nos entregan un performance exquisito.

 

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